sábado, 28 de enero de 2012

Hágase de Lucila Févola


Ropa tendida

Abre los ojos. ¿Despertó? ¿Es de noche, de día? Con los ojos abiertos –y todavía no sabe si es de día o de noche o si ni siquiera despertó-, la ve.
Ropa urgida por el viento, ropa en la terraza, ropa muy blanca: camisas, blusas, sábanas retorciéndose, ondeando victoriosas. Las formas, los sonidos, vibrantes... Esa danza convulsiva.

Con un palo de escoba intenta aquietarla. Lo consigue fugazmente –y también es vibración-. En ese mínimo instante, todo es perfecto. Quietas, en hilera.
Pero todo recomienza, tumultuosamente, y allá va, con el palo, a presionarlas, allá va, que se detengan, orden, orden, allá va, todas a la vez, que se aquieten en ese equilibrio provisorio, corre de un extremo a otro de la larga hilera, todos los alumnos quietos, en hilera, corre y corre enarbolando el palo de escoba, allá va, presionándolas con el palo, de un extremo a otro, incansable, allá va, a la espera del mínimo instante en el que todo es equilibrio.
Se fatiga. Respira entrecortadamente. Se levanta de la cama. Parece que es de noche y ha estado corriendo, frenando la ropa casi desbordada desde sus broches en la soga. La estuvo odiando, golpeando cada ve con más fuerza, golpeando con furia, ahora todo parece detenerse y alguna prenda empieza a ondear y ahora otra, otras y ahora todas juntas, muchas le golpean la cara, atraen, atraen, se le enredan. Transpira, jadea, avanza arrastrando el palo de escoba y, de pronto, se vuelve: permanecen totalmente ajenas, quietas, muy blancas...
Antes de que retornen a su danza enloquecida, sale corriendo sin volver la cabeza.

Su cabeza: ¿a qué soga amarrada, a cuál hilo delgado?
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Voltear sin voltear una pared
Hay muchos modos de llorar.
Sentarse ante ella, pretendiendo que no existe.
Contemplarla y convivir.
Decir: me la merezco.
Gemir y maldecir.
Arañarla y excavar.
Como algún personaje de algún cuento, intentar todo para fracasar.
Como algún otro personaje de algún otro cuento, desaparecer con ella.
Tenemos compasión porque le hemos construido.
Buscar la luz en la sombra que proyecta.
Escribir sobre ella.

Hay muchos modos (y poquísimos actos) de llorar.

Sonidos, soniditos, cloqueos, gorgoritos apenas audibles, ¿risitas?


La casa se llenó nuevamente de palabras a las que acudo y que finalmente me encuentran.

Ha traído a mis guías tomados de las manos, salidos de ningún sepulcro. Sentados en círculo, volvieron sin haberse ido, para que me cumpla y los cumpla.

Oscura y transparente, al fin se desliza y, asomada, con sus ojos sin ojos, me mira.

Y el texto no deja de escribirse, leerse, corregirse, tigre, manchaescondida, rayuela, ta-te-ti, hueco a hueco.
Lucila Févola publicó libros de poemas, cuentos y teatro.


Sus libros de Cuentos son: Diario del gran devorador, A toda orquesta, con bailarín solista, Ojo en la mira, Teatro de operaciones, Mujer que devora, Había una vez, había nunca y Hágase.
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Agradezco la colaboración de la poeta Lucila Févola para el blog cristinaberbari-fijavertigos, y el envío de su libro “Hágase”.


(Foto: Víctor Berbari)

1 comentario:

patxi(PASCUAL PÉREZ RIBOT) dijo...

Me ha gustado pasearme por éste tu rincón siendo un placer leerte.
Saludos y un abrazo.