domingo, 8 de julio de 2012

Juan Larrea


Juan   Larrea
 
Bilbao, España, 13 de Marzo de 1895 -
Córdoba, Argentina, 9 de Julio de 1980
 
 
En una clínica privada de calle Santa Rosa al 300, rodeado por su nieto Vicente Luy Larrea y los jóvenes amigos de éste que lo acompañan, aquel 9 de Julio de 1980 fallece en Córdoba, Argentina -entre el bullicio patriotero de la junta militar gobernante y el silencio de la literatura local- el poeta español Juan Larrea. Había residido en nuestra ciudad desde agosto de 1956. Último hito de su exilio a partir del recrudecimiento de la guerra civil española: Paris, Méjico, New York, Córdoba. Sólo trae un gran lujo envuelto en infortunios: sus recuerdos de Juan Gris, Pablo Picasso y Jacques Lipchitz; de Vicente Huidobro, César Vallejo, León Felipe, Gerardo Diego, casi todos dispersos o abatidos, por la tempestad desatada sobre Europa, donde el árbol de Guernica resiste tanto como pueden sus ramas. Y trae otro patrimonio, dispuesto a ofrecerlo: su pensamiento, su erudición literaria, su pudoroso talento poético. Llega con su hija Luciana, que fallecerá en un accidente de aviación en 1961 junto al esposo, Gilbert Luy.
 
En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Córdoba –adonde ha sido convocado- dicta un seminario sobre “Teleología de la cultura”, funda y organiza el Instituto del Nuevo Mundo (1959-1964) y después el Centro de Documentación e Investigación “César Vallejo” (1966-1974); organiza el Simposium “César Vallejo, poeta trascendental de Hispanoamérica” (1959) y las “Conferencias vallejianas” (1967), participa con el crítico e historiador del arte Herbert Read en la Bienal de Arte Latinoamericano organizada aquí por Industrias Kaiser (1962). En la editorial universitaria publica la revista Aula Vallejo (1961-974), que dirige y donde escribe; publica sus libros César Vallejo o Hispanoamérica en la Cruz de su Razón (1958), Corona incaica (1960) y el texto de las conferencias ofrecidas por él mismo y H. R.: Pintura actual. Herbert Read: En los confines de la pintura – Juan Larrea: Pintura y nueva cultura (1964). El último título que publica en la UNC es Intensidad del canto errante (1972).
 
Entretanto la Argentina vive entre la agonía y la resurrección. Pero Larrea es un hombre ya castigado -desde la época de la guerra civil española y el desarrollo de la Segunda Guerra- por las persecuciones y por las pérdidas de seres queridos; está fatigado de bregar contra la discordia estéril entre pares, contra las limitaciones burocráticas académicas, la estrechez económica, la abulia intelectual que condena a varios outsider de su tiempo. Los años sesentas y setentas en la Argentina son contradictorios y paradójicos. Agonizar y resurgir implican sendas tareas dificultosas. Ha dedicado esfuerzos a la obra y la figura de su admirado César Vallejo, pero las dentelladas de Pablo Neruda y sus congéneres pretenderán arrinconarlo con acusaciones insostenibles, a él, uno de los que ayudó a que los españoles leyeran a Neruda por primera vez.
Pese a todo, durante su periodo de residencia en Córdoba, su prestigio va renovándose y extendiéndose en Europa, Estados Unidos, Méjico, Perú, Uruguay; se edita su obra poética, Versión Celeste, en Italia y luego en España. Comienza a estudiarse su obra (David Bary, Robert E. Gurney, entre otros), a analizarse sus teorías, a valorarse su labor poética y editorial. La recuperación de la democracia en su España natal lo lleva a visitarla nuevamente en ocasión de la edición en castellano de su Pablo Picasso. Guernica., en 1979. Pero ha echado raíces aquí, en la provincia más mediterránea de Argentina, bien distinta de la costa de La Coruña y de aquel cabo llamado Finisterre, que le inspirase la imagen de la travesía entre un viejo y un nuevo mundo. Se afinca en Córdoba hasta su último día, su última jornada, como lo hizo Manuel De Falla en su momento, y en esta tierra dejará su vejez y sus cenizas. También su semilla. Por eso lo recordamos con sus propios poemas.
                                               
                                                                   Eugenia Cabral
                                                                    Julio, 2012.
 

En la niebla

 En la niebla raza de nuestra raza domicilio
de las faltas de convicción de nuestros fantasmas
desde los gendarmes hasta las hipótesis más atrevidas
hasta los almendros obligados a presagiar el porvenir de nuestra
                                               Europa
la nuestra la de los diplomáticos
que subordinan las flores a las secretas inclinaciones de nuestra
                                               piel
guardando un equilibrio exento de ociosidad
occidente bello occidente
antes que el sol encuentre la máscara que busca
entre las ramas y que ya se inclina a recoger
 
El hombre es la más bella conquista del aire
 

Un color lo llamaba Juan
                                                           A la memoria de Juan Gris
Bendecimos el confort de las hormigas regulares
y la noche incluso más triste que el papel absorbente
después de la muerte de la palabra
ahora que el silencio dulcemente deviene festín de pájaro
entre los granos capricho de una prisión florida
 
Nuestros arroyos interiores están acordes
en aplacar este molino de individuo
único convidado que nos queda
de aquello que ha partido sin pretexto hacia el invierno
Sobre un dolor de antigua pradera
 las hormigas arrastran nuestras lágrimas de este a oeste
 
se ha ido por transparencia como las vagas promesas
de un río más bien banal
Hacía un calor de héroes mas el tiempo era pálido
 
Con una brizna de delicadeza y el insomnio de las lluvias
que vuelve seda el reflejo de las catedrales     
agujereamos la esponja de nuestras plegarias
para borrar el juramento de luna tejido en versos
donde sus ojos amoblaron la esperanza de corrientes de aire
 
Porque él nos dejó su tristeza
sentada al borde del cielo como un ángel obeso


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