jueves, 3 de octubre de 2013

Un cuento de Santiago Alonso

aDios, hombre
por Santiago Alonso *

Paisaje-Adentro, dibujo de Santiago Alonso



“Murió mi eternidad y estoy velándola”.
César Vallejo

Hace ya 33 años que ocurrió todo, corrijo, casi todo. Y como consecuencia, las grandes tragedias y los padecimientos de la humanidad cesaron, y ahora ya ni los recuerdos, íntimos y crueles, afloran desde el pasado concluso. Si tomamos distancia rápidamente y realizamos un vuelo de pájaro sobre el paisaje, notaremos que la hierba reina sobre la piedra, y el agua, en sus mil manifestaciones, ha tapado todo vestigio de asfalto. El metal ya no reluce, pues ha sido avasallado por un óxido lúgubre que lo cubre de una capa de calor, de cariño fraternal, jubiloso. Los grandes edificios han sido derruidos y consumidos sin aliento por la anarquía de lo verde. Las mansiones entonces más selectas semejan hoy ranchos miserables, habitados por plantas voladoras, insectos inútiles y animales roedores de ruinas. Si busco las puertas, antes incontables, me percato de que ni una se ha salvado. Es que la madera ya fue devorada hace años, quizá haya sido lo primero en desaparecer. El interior de las viviendas está ocupado por una selva que crece y lucha por derribar al cemento y las barras de hierro que por momentos intentan mantener en pie aquellas antiguas moradas.
El tiempo ya no es necesario aquí, ningún reloj entorpece con sus manecillas la mente de los seres. En esta tierra, la libertad de crecer no tiene límites. Los vegetales, en su lucha por subir hacia la luz, todo lo conmueven, todo lo convierten, ocupan todo el lugar y forman un mundo de cuerpos amarronados, tan fuertes como un lapacho, tan emprendedores como una enamorada del muro, tan sutiles como una orquídea en flor. Ya no importa qué pasó, cómo fue, cuándo, quién disparó primero, quién arrojó la primera piedra, corrijo, bomba. Pero alguien lo hizo y una siguió a otra y otra y luego las demás.
Ahora nadie parece cansarse de trepar y los colores se musicalizan a placer. Sin diseñadores, las líneas, los planos y los claroscuros crean un lienzo inhumano y fraternal, vegetal más precisamente. El gran museo aún se alza, aunque enhiesto a medias, entre la tupida maleza. Algunas ramas todopoderosas se han escabullido en su mundo de maravillas silenciosas. Tiziano, Cranach y Georges de la Tour han sido el desayuno de golosos habitantes. Aún puede atisbarse algún fragmento bastante amplio de una tela de Fra Angelico y sus azules y sus rojos ahora un tanto apagados por el hartazgo de las fauces inquietas. Un pequeño retablo de Van der Weyden yace acostado y la mano de una Magdalena saluda a una planta que se acerca sigilosa. La Venus de Giorgione asoma su desnudez contaminada de arañazos mientras el sátiro la contempla voluptuoso y lascivo. Las esculturas han tenido mejor suerte y en ellas se encuentran abrazadas las culturas más diversas: mármoles griegos, efigies africanas, dioses hindúes o chinos y las cabezas de los ídolos mayas y toltecas, todo en comunión para la muerte.
Ahora, y sólo ahora, el hombre duerme oculto en su precariedad inmóvil de hueso torturado, y la mano trémula y voraz de una hierba, sin nombre, ni fecha, ni historia, atraviesa, definitiva, la sonrisa mortal de La Gioconda, cansada de su siesta de hombres de sueño. Ahora, lo sabemos: nada de lo humano es eterno.

* Escritor y plástico argentino.

Texto publicado en el nº 27 de "Esto no es una revista".



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