domingo, 14 de junio de 2020

Molinos de viento nº 7

  HENRI MATISSE, francés (1869-1954)
 Interior con fonógrafo (1924)

Molinos de viento nº 7 
Boletín de Artes y Letras - Julio 2019
Director: Osmar Luis Bondoni
osmarbondoni@yahoo.com.ar


















SONETO

Éstas que fueron pompa y alegría
Despertando al albor de la mañana,
A la tarde serán lástima vana
Durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz que al cielo desafía,
Iris listado de oro, nieve y grana,
Será escarmiento de la vida humana:
¡Tanto se emprende en término de un día!

A florecer las rosas madrugaron,
Y para envejecerse florecieron:
Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales los hombres sus fortunas vieron:
En un día nacieron y espiraron;
Que pasados los siglos, horas fueron.

PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, español (1600-1681)

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BALADA DE LO QUE NO VUELVE

Venía hacia mí por la sonrisa
Por el camino de su gracia
Y cambiaba las horas del día
El cielo de la noche se convertía en el cielo del amanecer
El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros
Las flores daban campanadas de alegría
Y mi corazón se ponía a perfumar enloquecido

Van andando los días a lo largo del año
¿En dónde estás?
Me crece la mirada
Se me alargan las manos
En vano la soledad abre sus puertas
Y el silencio se llena de tus pasos de antaño
Me crece el corazón
Se me alargan los ojos
Y quisiera pedir otros ojos
Para ponerlos allí donde terminan los míos
¿En dónde estás ahora?
¿Qué sitio del mundo se está haciendo tibio con tu
                                                                    presencia?
Me crece el corazón como una esponja
O como esos corales que van a formar islas.
Es inútil mirar los astros
O interrogar las piedras encanecidas
Es inútil mirar ese árbol que te dijo adiós el último
Y te saludará el primero a tu regreso
Eres sustancia de lejanía
Y no hay remedio
Andan los días en tu busca
A qué seguir por todas partes la huella de sus pasos
El tiempo canta dulcemente
Mientras la herida cierra los párpados para dormirse
Me crece el corazón
Hasta romper sus horizontes
Hasta saltar por encima de los árboles
Y estrellarse en el cielo
La noche sabe qué corazón tiene más amargura

Sigo las flores y me pierdo en el tiempo
De soledad en soledad
Sigo las olas y me pierdo en la noche
De soledad en soledad
Tú has escondido la luz en alguna parte
¿En dónde?, ¿en dónde?
Andan los días en tu busca
Los días llagados coronados de espinas
Se caen se levantan
Y van goteando sangre.
Te buscan los caminos de la tierra
De soledad en soledad
Me crece terriblemente el corazón
Nada vuelve

Todo es otra cosa
Nada vuelve nada vuelve
Se van las flores y las hierbas
El perfume apenas llega como una campanada de otra
                                                                        provincia
Vienen otras miradas y otras voces
Viene otra agua en el río
Vienen otras hojas de repente en el bosque
Todo es otra cosa
Nada vuelve
Se fueron los caminos
Se fueron los minutos y las horas
Se alejó el río para siempre
Como los cometas que tanto admiramos

Desbordará mi corazón sobre la tierra
Y el universo será mi corazón.

VICENTE HUIDOBRO, chileno (1893-1948)

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NACER

Mis pensamientos abren la ventana:
un revoloteo de hojas secas en la frente.

No sé dónde me he dejado olvidada.

Pero una luz de comienzo del mundo
pacientemente rehace mis contornos.


CRISTINA BERBARI
cristinaberbari@gmail.com. 

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Las seis cantatas del “Oratorio de Navidad”, BWV 248, 
de Juan Sebastián Bach.

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sábado, 13 de junio de 2020

Molinos de viento N° 6

Molinos de viento n° 6
Boletín de Artes y Letras -  junio 2019

Director: Osmar Luis Bondoni
osmarbondoni@yahoo.com.ar


CANTO DEL CIELO

 La flor de los Alpes decía a la valva: “tú luces”

 La valva decía al mar: “tú resuenas”
 El mar decía al barco: “tú tiemblas”
 El barco decía al fuego: “tú brillas”
 El fuego me decía: “yo brillo menos que sus ojos”
 El barco me decía: “yo tiemblo menos que tu corazón cuando ella
aparece”
 El mar me decía: “yo resueno menos que su nombre en tu amor”
 La valva me decía: “yo luzco menos que el fósforo del deseo en
tu sueño hueco”
 La flor de los Alpes me decía: “ella es bella”
 Yo decía: “ella es bella, ella es bella, ella es conmovedora”.


TANTO HE SOÑADO CONTIGO

 Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.
 ¿Es tiempo todavía de alcanzar ese cuerpo vivo y de besar sobre
esa boca el nacimiento de la voz que me es querida?
 Tanto he soñado contigo que mis brazos habituados a estrechar tu
sombra, a cruzarla sobre mi pecho no se plegarán ya al contorno de
tu cuerpo, quizá.
 Y que, frente a la apariencia real de eso que me frecuenta y me
gobierna desde hace días y años, me convertiré sin duda en una
sombra.
 Oh balanceos sentimentales.
 Tanto he soñado contigo que no es tiempo ya sin duda de que me
despierte. Duermo de pie, el cuerpo expuesto a todas las apariencias
de la vida y del amor y tú, la única que cuenta hoy para mí, podría
menos tocar tu frente y tus labios que unos labios y una frente cualquiera.
 Tanto he soñado contigo, tanto he andado, hablado, tanto me he
acostado con tu fantasma que no me queda ya, y sin embargo, más
que ser fantasma entre los fantasmas y más sombra cien veces que
la sombra que se pasea y se paseará alegremente sobre el cuadrante
solar de mi vida.

NO, EL AMOR NO ESTÁ MUERTO

 No, el amor no está muerto en ese corazón y esos ojos y esa boca
que proclaman sus funerales comenzados.
 Escuchen, tengo bastante de lo pintoresco y de los colores y del
encanto.
 Amo el amor, su ternura y su crueldad.
 Mi amor no tiene más que un solo nombre, que una sola forma.
 Todo pasa. Bocas se pegan a esa boca.
 Mi amor no tiene más que un nombre, que una forma.
 Y si algún día lo recuerdas
 Oh tú, forma y nombre de mi amor,
 Un día sobre el mar entre América y Europa,
 A la hora en que el rayo final del sol se reverbera sobre la superficie ondulada de las olas, o bien una noche de tormenta bajo un árbol
en el campo, o en un rápido automóvil,
 Una mañana de primavera en el boulevard Malesherbes,
 Un día de lluvia,
 Al alba antes de acostarte,
 Di, se lo ordeno a tu fantasma familiar, que fui el único en amarte
demasiado y que es una lástima que no lo hayas sabido.
 Di que no hay que lamentar las cosas: Ronsard antes que yo y
Baudelaire han cantado el lamento de las viejas y las muertas que
despreciaron el más puro amor.
 Tú, cuando estés muerta,
 Serás bella y siempre deseable.
 Yo estaré muerto ya, encerrado por completo en tu cuerpo inmortal, en tu imagen sorprendente presente para siempre entre las maravillas perpetuas de la vida y de la eternidad, pero si vivo
 Tu voz y su acento, tu mirada y sus rayos.
 El olor tuyo y el de tus cabellos y muchas otras cosas todavía vivirán en mí,
 En mí que no soy ni Ronsard ni Baudelaire.
 Pero que soy Robert Desnos y que, por haberte conocido y amado,
 Los valgo bien.
 Yo que soy Robert Desnos, para amarte
 Y que no quiero añadir otra reputación a mi memoria sobre la tierra despreciable.

AL FAVOR DE LA NOCHE

 Deslizarme en tu sombra al favor de la noche.
 Seguir tus pasos, tu sombra en la ventana.
 Esa sombra en la ventana eres tú, no es otra, eres tú.
 No abras esa ventana detrás de las cortinas de la cual te mueves.
 Cierra los ojos.
 Yo quisiera cerrarlos con mis labios.
 Pero la ventana se abre y el viento, el viento que hace oscilar extrañamente la llama y la bandera rodea mi fuga con su manto.
 La ventana se abre: no eres tú.
 Ya lo sabía.

ROBERT DESNOS, francés (1900-1945)

En traducción de Rodolfo Alonso.

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POETARZAN

mí ser poeta
mí respetar la lengua
que serme ajena
como lo propio

lengua, gran amiga

lengua, compañera

mí no saber qué es la lengua
pero quererla

lengua ser como el sol
mí no conocer el sol
conocer lo que nos hace

hombre blanco enseñarme a leer
y mí descubrir allí dicha:
cuando la selva de letras
tapar la selva de adentro
mí saber que poetarzan nunca quedarse sin selva

con la vegetación de los libros
por contagio de una fiebre poetarzan escribir
esta enfermedad ser alivio y este alivio
enfermedad que no permitir al enfermo curarse:
entre las cosas raras de la vida
una ser más rara que ninguna:
el que escribir del sol fabricar otro sol
el mundo tener más cosas de que ocuparse
pero las cosas ser cada vez menos temidas

difícil
para quienes creer que el miedo es accidente
comprender perplejidad de poetarzan

mí escribirles
“la dicha de leer no aprenderla dicha en los libros”
mí pensar
“la escritura muda cuando la lectura dicha
la lectura dicha cuando la escritura muda”

todo lo que mí escribir sonar extraño a poetarzan
ajeno y propio como verdad
como verdor


JORGE SANTIAGO PEREDNIK, argentino (1952-2011)

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JEAN-FRANÇOIS MILLET, francés (1814-1875) El ángelus (1857)



Los cuartetos para cuerdas “Rasumovsky”, opus 59, de Ludwig van Beethoven. 

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jueves, 11 de junio de 2020

Copati - Heisecke

Bajorrelieve - Cerámica patinada   Marta Heisecke (2019)


 Piedad, dijo la hoja./Pero el viento ya/la amaba tanto/que le deshizo el rostro.                                                                                            
(...)
            Toctoc toctoc. El cincel me habla. Guía mi mano. Toctoc. Me deletrea los finos golpes que debo dar en la materia para descubrir alguna forma y descubrirme. Golpe tras golpe voy decantando lo que sobra para intentar quedarme con el hueso de todo. Un temblor recorre mi columna vertebral porque ahí está el centro y, en la materia, el centro se irá mostrando de a poco, lentamente, golpe tras golpe, toctoc, hasta ser como la actriz que, al ser otra, se lee a sí misma y, sus manos, no tan duras como las mías ni tan ásperas, alzan vuelo.
                                                                                           Elsa Copati
                                                                          
 Donde canta el pájaro (fragmento)
                                                                                               Inédito


LO QUE ELLA ES Y NO ES


Ella tiene manos donde liban las abejas.
       (No hay que cortarle las manos)
Ella tiene pies que engendran tulipanes.
       (No hay que recoger tulipanes
         para adornar el ánfora vacía)
Ella tiene párpados como abanicos de colores.
        (No cerrar las alas del abanico
         para deshacer el canto del viento)
Ella es solo un hálito, en estremecimiento,
   un negarse a lo negado.
                       (No)

                              Elsa Copati
                        Motivo para el junco
                                                  (1990)

Del blog "Andantes" coordinado por Elsa Copati

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lunes, 9 de diciembre de 2019

Molinos de viento N° 5


Molinos de viento no 5
Boletín de Artes y Letras - mayo 2019

Director: Osmar Luis Bondoni
osmarbondoni@yahoo.com.ar




CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera;
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

MIGUEL HERNÁNDEZ, español (1910-1942)




SAN JUAN DE LA COSTA*

I

La iglesia de madera cruje sobre la loma.
Se recorta en el alba
emergiendo de la oscuridad menguante.

El viento sisea entre las tablas.

Los huilliches la edificaron antaño.
Ahora la rodean con sus carretas de bueyes
entoldadas de blanco por ser día de difuntos.

La caravana hiende la bruma rumbo al camposanto.

Toda la semana los hombres han pintado las tumbas.
Las pequeñas casas de las ánimas
vibran con sus nuevos colores en la luz.
En este espacio recóndito del mundo
unas mujeres conversan sentadas sobre los túmulos.
Ignoran a los varones que se embriagan en la enramada
mientras los niños se asoman
curiosos y perplejos
a la cámara.

II

No parece que la lluvia vaya a cesar.
Sólo el relincho amortiguado
por el estrépito de las gotas contra el follaje
le hace frente.
Una figura encapotada se desvanece cruzando el camino.
La nebulosa profundidad de agua queda sola.
Abarca el barrido completo de la mirada.
Mengua los verdes.
Difumina las copas de las coníferas,
la ondulación de las colinas.
La cruz sobre el campana
rio se disuelve
en la borrasca de un cielo demasiado próximo.
Peligra el campeonato de chueca.


JORGE BREGA
jbrega@yahoo.com

* De Luz mala (2004). Este poema, del que publicamos fragmentos, recibió el 3er.
premio en el concurso “Por la senda del reencuentro chileno-argentino”, organizado
por la Federación de Residentes Chilenos en la Argentina con el auspicio del Consejo
Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, en 2004


Pintura: Aldredo Hlito, argentino (1923-1993)
Ritmos cromáticos III (1949)

Sugerencia:
Cuarteto N° 4 en Re mayor, opus 83; y
Cuarteto N° 6, en Sol mayor, opus 101,
de Dmitri Schostakovich


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miércoles, 16 de octubre de 2019

Creonte e Ismena por Marcelo Juan Valenti


Creonte e Ismena

I

Muerto.

Muerta. Muerto. Muerto. Muerto.

Muerta.

Los cuerpos, los nombres se mecían al compás del recuento trágico. Como si los agitara el mar de olas geométricas que decoraba los frisos del palacio de Tebas.

Ismena, velada, esbozó un gesto ambiguo y recomenzó.

—¿Mi madre?

—Muerta, ahorcada en el lazo de su propia indignidad —contestó su esclava de mayor confianza.

—¿Mi padre?

—Ciego. Loco. Fugitivo. Muerto.

—¿Mis hermanos?

—Muertos, uno contra otro.

—¿Mi hermana?

—Muerta, entre la naturaleza y la ley.

—¿Mi tía, mi primo?

—Desesperados, tristes, muertos.

¿Era siempre la misma esclava la que contestaba? ¿Era una esclava? ¿O Ismena, escindida, era pregunta y respuesta?

Las voces asediaron desde todos los rincones como serpientes enamoradas, con los ojos brillantes. 

Ecos, más ecos, la letanía de un linaje que se ha devorado a sí mismo.

Otro gesto debajo del velo.

Un murmullo oscuro se intensificó. Caminos de sangre que se interceptaban formando las letras rojas del mito.

De improviso, un trasvasamiento de voces en el cántaro de lo unánime, para anunciar:

—El rey Creonte.

Silencio y éxodo de esclavas.

Ismena buscó, a través del espesor que la cubría, un punto luminoso. A sus espaldas, el rey.
Sobre ambos, atentos, sin manifestarse, los dioses.

¿Qué ocurría en las comisuras de los ojos y la boca de Ismena?

Creonte carraspeó, como si a sus palabras las anunciara un instrumento triunfal.

—Ismena.

La convocada tembló.

—Ismena, te ofrezco engarzar Tebas en el anillo que te obsequiaré al desposarte.

Otra cosa no dijo.

Avanzó, con sorprendente delicadeza, tomó el velo, lo deslizó, hasta descubrir una cabellera enjoyada.

Ismena, al fin, sonreía.



II

—Tebas será tuya —le dijo el oráculo. Y Creonte calló. El vaticinio recibido por su cuñado, el rey, era lo único importante. Las noticias no eran buenas. La acritud de Layo borró el interés por cualquier otro destino.

Cuestión de esperar.

Pero, ¿cómo se sostiene la templanza en un mortal? Demasiadas pruebas azotaban a Creonte. La actitud desdeñosa de Layo, la sombra del filicidio, la codicia, la triste confesión de Yocasta: luego de cada noche de amor, su esposo dormido murmuraba el nombre de Crisipo.

Roto el dique, Creonte decidió actuar. No cometía una traición ni un crimen. Se inmolaba en el altar del destino, se ofrecía como agente… sin culpas.

La Moira, a quien incluso los dioses debían acatar, soplaba el futuro de los efímeros en los oídos de las sibilas. Si estaba previsto su cetro, los actos o la inercia, no cambiaban el resultado.

Layo envejecía. Creonte lo animaba a participar en cacerías y viajes. Se sabía: fuera de los recintos amurallados, acechaban toda clase de peligros.

El gran día llegó: Layo fue asesinado.

Pero los descendientes de Lábdaco, eran como una hidra: se cortaba una cabeza y nacían cincuenta.
Sólo dos hombres en Tebas, reconocieron quién era el héroe que la ciudad recibía como matador de la Esfinge, y premiaba con la reina y la corona. Tiresias, ciego y clarividente. Creonte, iluminado por la ambición. Sin poderes especiales, su certeza se asentó en el interrogatorio a crímenes cometidos o incumplidos.

Edipo se parecía demasiado a su padre. Pero a los ciudadanos los cegó el alivio y a Yocasta, el hastío.

—Tebas ha sido mía, pensó Creonte, sin resignarse a un vaticinio que no fuera vitalicio.

Y volvió a consultar.

—Recuperarás Tebas —dijo el oráculo.

Y esta vez, dejó de lado las sutilezas.

Envenenó las aguas y generó una peste. Inficionó a Tiresias, que sembró pistas. Aconsejó a Edipo, para que él cumpliera su destino. La verdad causó más estragos que la Esfinge. La sangre trae sed de sangre. Había que eliminar todo obstáculo.

Y contó con una ayuda imprevista.

Ismena.

Tan silente y ambiciosa como él, había dejado la niñez para convertirse en una mujer, sólo opacada por el coraje de Antígona. En el vaivén de la trama, se enamoraron hasta el delirio.

Sí, molestaban todos. Juntos emponzoñaron las copas de vino con palabras venenosas.

La clave fue enfrentar a Etéocles y Polinices, que murieron enfrentados en doble fratricidio.

Luego, asoló la casa, unas cadenas de muertes voluntarias.



III

Ismena, sonriente, se volvió.

—¿Todos muertos?

—Todos muertos, excepto nosotros. Nuestra es Tebas.

—¿Tiresias?

—Ese pobre viejo… ¿Quién escucha a los clarividentes? Nadie quiere cumplir la voluntad del Cosmos, la sabiduría se desprecia, la verdad confunde.

Como latigazos, la idea de que Tiresias habría podido cambiar la historia se abatió sobre ambos. 

¿Podría haber evitado la tragedia? ¿Eran la Moira y los oráculos una ilusión a los que aferrarse para delinquir sin resquemor?

Los latigazos duelen, pero se curan.

Una nueva sonrisa de Ismena, deshizo toda oscuridad.

Creonte la tomó de la mano.
—El lecho de Cadmo y Armonía nos espera.

Los siglos esperaban también para ahogar los vestigios de la infamia.

Y de esta secreta conspiración sólo queda un juego de adivinanzas en el tejido de otros relatos.



septiembre 3, 2019
   

Marcelo Juan Valenti
Marcelo Juan Valenti (Rosario, 1966). Publicaciones: Paralelo Protervia, novela en coautoría con María Luisa Siciliani, 1998; Una langosta en la casa invisible, cuentos, 1999; Presagio de la reina ciega, poemas, 2002; Caballo Bifronte, prosa poética en coautoría con Susana Rozas 2003; Juego de abadesas, poemas, 2005; Jardín Espejo y Espejo Jardín, poemas, 2010; Ojalá Jane Fonda nos ilumine, cuentos, 2011; Después de la orgía, el canibalismo, poemas, 2014; La eternidad del cíclope, cuentos, 2014; El señor Perpol, cuentos y poesías, 2014.



Publicado en  ña Revista electróonica Sin Fín



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lunes, 14 de octubre de 2019

Tres poemas de Raúl Ortega Montenegro



La yumba
                            (Osvaldo Pugliese)


Se ha castigado al mar por incesante
a mirar nuestro mundo de la orilla.
Por el ansia de asomo es tan hermoso.
La líquida aventura de su cuerpo
enfría nuestros ojos e ignoramos
cuál es su piel y cuál su carne viva.
Golpe, roe, besa y deja
su cadera incómoda de roca
con el ritmo profundo en la memoria.

De Poemas Instrumentales
(Botella al Mar, 1978)





Bosque dormido


Duerme profundo el bosque
               con párpados de nieve,
oscilan indecisos 
               los frágiles diamantes de la noche,
el frío y la quietud
               se aman en equilibrio,
los mudos ecos danzan
               con sutil argumento,
pugna la noche
               en abrazar la nieve,
la sombra no da en sombra
               porque la nieve duerme
                          con los ojos abiertos. 


De Teoría de la nieve
(Ediciones del Dock, 1993)





Día de pájaro


llamo a la luz
alumbra mis oídos
vocalizo mi día
modulo en el juncal
                      mi lugar en el mundo
vivo del aire que agitan los insectos
muevo el paisaje mientras vuelo mi vida
entibia el sol la tarde como un nido
oigo crecer el sonido de la sombra
vuelo alto en vigilia de fronteras
miro el tejido de la noche
entro a los tallos íntimos del sueño

De Tiempo de vuelo
(La comarca libros, 2019)


Agradecemos a Raúl Ortega el envío de sus poemas










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